El eterno espectro del comunismo

Contraloría: Ciudadanos pueden alertar uso indebido de recursos públicos en beneficio de candidatos
abril 27, 2021
Defensoría del Pueblo: Ante proximidad del Día de la Madre, urgen medidas frente a precarias condiciones sanitarias en mercados
abril 27, 2021

El eterno espectro del comunismo

Seguimos viviendo en un país extremadamente desigual, donde todavía se viven las secuelas de un conflicto que desangró al Perú y sobre el que no hemos logrado construir consensos mínimos.

Escribe: Natalia Sobrevilla/Historiadora

En estos días ha circulado en redes una imagen de la campaña presidencial de 1963 en la que se presenta la elección de ese año como una en la que se debe salvar al país del comunismo que “iba” a implantar Fernando Belaunde. Más de 55 años más tarde nos puede parecer divertido ver al arquitecto como un representante de la izquierda, o nos puede generar cansancio que los temores al comunismo sigan prácticamente intactos. Parece también como si la guerra fría no hubiera terminado en el Perú. ¿Por qué?

En gran medida, porque seguimos viviendo en un país extremadamente desigual, donde todavía se viven las secuelas de un conflicto que desangró al Perú y sobre el que no hemos logrado construir consensos mínimos. Ahora que tenemos a un candidato presidencial que abiertamente reivindica ser de izquierda y que no tiene ningún empacho en presentar una lucha de clases entre ricos y pobres, quienes se sienten –con toda razón– amenazados reaccionan una vez más desde el miedo.

Más allá de lo que podría ejecutar un eventual gobierno de Perú Libre y Pedro Castillo, o del ideario presentado por Vladimir Cerrón en su plan de gobierno, lo que queda muy claro es que un sector de la población tiene un terror profundo a todo lo que puede significar la izquierda, la cual inmediatamente se asocia con Velasco, Venezuela y Sendero. Le sucedió a Verónika Mendoza, a Martín Vizcarra e incluso a Francisco Sagasti. En mi muro de Facebook un pariente me recuerda que «en los últimos 20 años la izquierda no hizo nada por el Perú», y yo me pregunto cómo iba a hacer algo si nadie con un programa medianamente de izquierda ha estado ligeramente cerca del poder.

Pero volvamos a la historia. En los 60 existía el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), una guerrilla de inspiración cubana liderada por Luis de la Puente Uceda, un aprista radicalizado que inició un programa de lucha armada durante el gobierno de Belaunde que consideraba que la Reforma Agraria no era posible por la vía democrática. Los campesinos del valle de la Convención ya habían estado tomando tierras desde mucho antes y Acción Popular tenía como símbolo la lampa, justamente porque buscaba un reformismo. La prensa de entonces aseguraba con delirio que el Che Guevara ya estaba en Madre de Dios y que sus refuerzos llegaban en avionetas desde Cuba, pero que la guerrilla había sido exterminada con Napalm.

Los militares que la combatieron sacaron luego sus propias conclusiones y decidieron que el reformismo de Belaunde no lograría el cambio que, según ellos, necesitaba el país para evitar una revolución: dieron un golpe de Estado e instalaron el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, cuya medida más emblemática fue la Reforma Agraria. Nuestra política estaba tan virada a la derecha que, mientras que en el resto del continente los gobiernos militares eran de derecha, en el Perú se implantaron medidas representativas de la izquierda.

Pero ellos no fueron los únicos en sacar sus propias conclusiones sobre la desigualdad. En esos años surgió la visión apocalíptica de Sendero Luminoso que, siguiendo el “pensamiento Gonzalo” predicado por Abimael Guzmán, sostenía que el Perú solo cambiaría instaurando una lucha armada que debía bañar de sangre al país. Por más de una década, cientos de miles de peruanos vivimos el terror de manera diferenciada, con el privilegio mediando nuestro sufrimiento. La lucha fue «del campo a la ciudad» y quienes más sufrieron fueron los peruanos que menos oportunidades tenían y, en muchos casos, fueron ellos mismos, organizados como rondas campesinas y comités de autodefensa, quienes derrotaron a Sendero en sus comunidades.

Las conclusiones que sacamos los peruanos de los años de conflicto, tanto alrededor de la Reforma Agraria como los de las guerrillas de Sendero Luminoso y el MRTA, son variables. Todos estamos de acuerdo en que la lucha armada no es la solución a los problemas del país. Pero si bien para algunos el modelo económico implantado en los 90 dio como resultado una gran bonanza, para otros sus frutos han sido magros o inexistentes. La corrupción, la ineficiencia y la incapacidad para proveer de servicios básicos a una gran parte de la población es innegable. La pandemia no ha hecho más que desnudar esta realidad.

Esto nos lleva de regreso al eterno espectro del comunismo, que acecha cada cinco años porque muchos consideran que el modelo económico no los representa y quieren un cambio. Si una de las poquísimas maneras que tienen las mayorías de expresar su descontento es el voto, que no nos sorprenda que voten una y otra vez pidiendo cambiar un sistema que no les ha dado nada. Hay diferencias muy grandes entre el comunismo, el socialismo y el populismo de izquierda, y también quedan preguntas sobre la viabilidad de estas propuestas. Pero sobre lo que no hay duda es que el temor a la lucha de clases viene de muy larga data en un país que, como el Perú, sigue siendo muy desigual. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *