El cáncer de la insensibilidad: un río que agoniza al lado de una ciudad histórica

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El cáncer de la insensibilidad: un río que agoniza al lado de una ciudad histórica

En México, el río Huacapa, que durante décadas tuvo aguas cristalinas y fue el sostén de los pobladores que se asentaron en su alrededor, hoy muere ante la indiferencia de muchas personas.

Escribe: Elino Villanueva/El Croniquero

Alegre y jovial, como siempre lo conocimos, Carlitos llegó puntual a la orilla del río sucio y maloliente con una maceta de hortensias hermosas.

Era un martes 2 de julio de 2019, meses antes del inicio de la pandemia de la COVID-19, por los tiempos en que ya éramos felices y no nos dábamos cuenta, y faltaba justo un año y dos meses para que Carlitos nos dejara para siempre.

Cualquiera pensaría, a pesar de la evidencia de su edad, en el ánimo de un chico adolescente a quien no le preocupan mucho las tribulaciones de la existencia.

Con exceso de ternura, buen esposo, excelente padre, magnífico hermano, solidario compañero, colocó a “Tenchita” —su maceta, denominada así por las flores, en tonos azules y morados y lilas— en el pilote de acero frente a la lona con la leyenda “¡Salvemos al Huacapa!”, tres décadas y media después de que el Gobierno empezó a cubrir su lecho con planchas de cemento y con ello asesinar su ecosistema.

“Tenchita” fue la primera del medio centenar de macetas que algunos ciudadanos colocaron al lado del caudal contaminado, al menos con la intención de embellecerlo y llamar la atención de los vecinos para rescatarlo, recuperarlo y devolverle la vida.

“Tenchita” fue también la primera de las macetas que, por cruel e increíble que parezca, los propios vecinos robaron, como ejemplo de la inconsciencia, insensibilidad y deshumanización colectiva hacia el principal emblema histórico de la primera capital política de la nación: Chilpancingo, Guerrero, nuestra querida Ciudad Bravos.

Sonriente y cristalino y transparente todavía hace cuatro décadas, el río muere poco a poco ante la apatía y el desdén general, a los ojos de todos, con la invasión de su cauce por más y más construcciones urbanas.

El río del mejor clima del mundo

Durante gran parte de la época colonial, casi trescientos años, el México de ahora —la Nueva España de entonces—, fue el puente de unión entre la sede de la Corona, España, y sus colonias asiáticas encabezadas por Filipinas.

Desde y hacia las posesiones ibéricas se trasladaba, cada seis meses, el Galeón de Manila, también conocido como la Nao de la China, con cargamentos y pertrechos o mercancías valiosísimas en lo que se conoció como la Ruta de la Seda.

En algún momento la ruta tradicional en su tramo entre la Ciudad de México y el puerto de Acapulco debió modificarse por la apertura de unas minas en la región de Zumpango, así que se buscó un sitio de reposta.

Así tomó importancia Chilpancingo, un caserío al sur de la zona minera, que de pronto cobró auge para la reposición de las recuas de mulas mediante las cuales se hacía el traslado de bienes y mercancías hacia y desde España y Asia.

Todos los elementos históricos colocan a la modesta ranchería que rápidamente se convirtió en campamento de descanso como un espacio apuntalado en todas sus actividades por un río bellísimo: el Huacapa.

Afluente del río Azul, que más tarde pasará a formar parte del Omitlán, y finalmente se sumará al Papagayo, principal cuenca interna del estado de Guerrero, el río Huacapa era el sostén de los antiguos vecinos y de los que se fueron incorporando después.

Factor principal de un ecosistema singular originado en las estribaciones de la Sierra Madre del Sur, el Huacapa generó condiciones que le permitieron al famoso explorador Alejandro von Humboldt, quien lo conoció en 1803, llamarlo el mejor clima del mundo.

La tragedia de la extinción

Grande, precioso, transparente, que no se secaba ni siquiera en época de estiaje, el río Huacapa vio pasar los mejores momentos de la ciudad, como la instauración del Primer Congreso de Anáhuac durante la lucha por la Independencia.

El generalísimo José María Morelos y Pavón, héroe fundamental en la guerra por la separación de España, cimentó los puntales de la República al promulgar aquí el antecedente de la Constitución: los Sentimientos de la Nación, en 1813.

Hoy su caudal languidece sin remedio porque en la década de los años 80 del siglo XX, el gobernador Alejandro Cervantes Delgado —paradójicamente nativo de la ciudad, a diferencia de otros mandatarios— dispuso colocarle un frío canal de cemento.

Las obras se han extendido desde entonces a gran parte de los once kilómetros del tránsito del caudal por Chilpancingo, capital del estado de Guerrero, México, y sede primigenia de la ahora nación mexicana durante la gesta independentista.

El caudal discurre como colector de los desechos de los casi 300 000 vecinos, en sus 600 colonias encaramadas en los cerros de las dos faldas de la cañada, a través de medio centenar de barrancas también bellas y hoy transmutadas en desagües.

Terminado su paso por la ciudad, el río, ahora convertido en canal de aguas negras, riega con sus desechos variopintos un área productora de hortalizas, frutas y forrajes en la exhacienda de Tepechicotlán, antigua zona cañera.

La inconsciencia colectiva

Nadie ha encabezado hasta ahora un movimiento real, firme, en favor de rescatar el río contaminado, sucio, pestilente, a pesar de que no discurre por una gran zona industrial o de grandes consorcios que operen con sustancias químicas.

Lejos de eso, el colectivo ha asumido como parte de su cultura, con costumbres y tradiciones admirables y arraigadas todo el año, que su río está sucio, y le asigna motes peyorativos: “Huacaca” por Huacapa, o “río Nilo”: “nilohuelas”.

Entre los pocos esfuerzos en su favor, un grupo minúsculo de personas, en julio de 2019, convocaron a participar en la colocación de macetas en los fierros enormes colocados por el Gobierno sobre pilotes a las márgenes del río.

Don Carlos Jiménez Herrera era una de ellas. De buen ánimo aceptó participar en el llamado para la colocación de las plantas, como una forma de atraer la atención acerca del crimen que se ha cometido con el río y procurar su saneamiento.

Abogado de profesión, preocupado siempre porque la gente acostumbra tirar la basura en cualquier lado, don Carlitos trajo una preciosa planta de hortensias en una maceta de imitación de cantera y él mismo la colocó sobre uno de los pilotes.

De fondo había una lona elocuente: “¡Salvemos al Huacapa! Adopta un fierro y hazlo verde”, en la intención de por lo menos ocupar en algo bello las enormes barras de acero que las autoridades han colocado sin precisar con claridad sus fines.

“¡Don Carlos! Su maceta está demasiado bonita. ¡Se la van a robar!”, le dijo alguien, en medio de las reacciones generales de sorpresa y hasta de sorna por la iniciativa de los escasos ciudadanos por al menos embellecer el río.

“Ni modo, alguien tiene que hacerlo. Algún día podremos ver recuperado el río para bien de todos”, contestó él, con su sonrisa perenne, empecinado en una convivencia sana y constructiva entre seres humanos, en empatía con la Naturaleza.

Don Carlos falleció el 2 de septiembre de 2020, en plena cuarentena por la pandemia, víctima de cáncer. De las plantas y macetas colocadas para embellecer el río nada se supo. Los vecinos se las robaron con todo y la lona en menos de tres días.

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